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miércoles, 23 de junio de 2010

El carlotense Federico Tosolini presenta su primer libro en Bs As


Viernes 25 de junio 18:30 hs en la típica esquina Homero Manzi, San Juan y Boedo.

jueves, 28 de mayo de 2009

GASTON DUPRAT Y MARIANO COHN, ANTE EL ESTRENO DE SU FILM EL ARTISTA


Los directores señalan el placer que les dio un guión “fresco y desprejuiciado”, las particularidades de tener en el reparto a dos actores no profesionales como Alberto Laiseca y Sergio Pángaro y las eternas discusiones alrededor de lo artístico.


La dupla conformada por Gastón Duprat y Mariano Cohn está de estreno: hoy se estrena el nuevo largometraje de los creadores de Televisión abierta. En El artista trabaja un elenco atípico, encabezado por el músico Sergio Pángaro y el escritor Alberto Laiseca, que ya había participado con estos cineastas en Cuentos de terror por el canal I-Sat, donde contaba historias de ese género. El artista marca también el pasaje del documental a la ficción por parte de Cohn y Duprat. El guión fue escrito por Andrés Duprat, hermano de Gastón, que, al ser curador, “vive desde adentro todo el mundo del arte”, según señala Cohn, quien agrega que “lo bueno de Andrés es que no es guionista. Este es su primer guión. Entonces, no carga con todos los tics que podría tener un guionista de cine o un director escribiendo un guión. Es desprejuiciado, y eso le da muchísima frescura”, asegura. Su coequiper, Gastón Duprat, sostiene en relación con el pasaje del documental a la ficción que “más allá de qué trate el guión o si es documental, tele o cine, siempre hay un punto de vista personal que excede el tema propio del guión. A través de una historia o una temática, uno puede poner un punto de vista más universal sobre muchas cosas”, explica.
El artista está notablemente filmada y Pángaro interpreta a Jorge Ramírez, enfermero de un geriátrico que cuida a un viejo que no habla (sólo dice “pucho”) y que está en silla de ruedas. El viejo Romano (Laiseca) dibuja, y ese hecho le va a modificar la vida a Ramírez, ya que el enfermero decide presentar las obras plásticas de Romano como propias en una galería y, a partir de entonces, entrará en contacto con el mundo del arte con todos sus defectos y virtudes, y llegará a ser una figura reconocida. La cosa se complicará cuando se opaque la creatividad de Romano. ¿Cómo hacer arte, entonces? El film plantea varios interrogantes sobre el complejo sistema del arte contemporáneo, y propone que cada espectador saque sus propias conclusiones. No deja el tema cerrado.
Otra de las novedades de El artista es que en dos escenas participan como “extras” el sociólogo Horacio González (director de la Biblioteca Nacional), el gran artista plástico León Ferrari y el escritor Rodolfo Fogwill. “Ferrari es amigo del guionista y nuestro. Es productor de la película y una vez que vio las primeras escenas dijo: ‘Yo quiero estar. Pónganme en el geriátrico’”, confiesa Duprat. Si bien la película no tiene un tono bizarro –algo que Cohn y Duprat habían experimentado en la TV—, lo cierto es que la escena de intelectuales haciendo de viejitos vestidos con pijamas en un geriátrico se aproxima bastante a ese tono. “Pero en realidad fue por afinidad”, asegura Duprat. “A Ferrari le divertía estar, Fogwill es muy amigo de Alberto Laiseca, a Horacio González siempre le gustó mucho Ciudad Abierta (el primero, no el desastre posterior). Se dio por afinidades. Después, en un momento, se juntaron estos próceres de la cultura para hacer de viejos decrépitos. Fue también para pasar una tarde agradable con ellos, todos juntos filmando en el Hospital Rawson”.

–¿Consideran que esta película es más universal que sus trabajos anteriores, porque quizás no tiene tantas marcas de códigos locales? ¿Cómo pudieron percibir esto en las presentaciones del film que hicieron en el exterior?

Mariano Cohn: –Lo bueno es que es un tema universal, hasta diría que es un tema existencial: qué es arte, qué no, qué es una obra de arte y qué no. La ventaja es que es una película que se puede proyectar acá, en Nueva York o en Alemania. El arte trasciende cualquier lugar, no es una película que esté pensada para un público argentino que va a las muestras de arte. El tema supera el país desde donde se lo mire. Es transversal: en todos los países sucede lo mismo con el arte.

–¿Cómo piensan que puede recibir esta película alguien del mundo del arte?

Gastón Duprat: –Es un recordatorio de las preguntas sin respuesta que rondan el arte, y de las cuales la película tampoco quiere dar respuesta: cuándo una obra de arte es una obra de arte y cuándo no, cuándo alguien es un artista y cuándo no, cuándo pasa de un lugar a otro, por qué no se considera una obra de arte en un momento y en otro sí, por qué el contexto hace que cambie la obra en sí. Preguntas complejas que la película vuelve a mencionar y que no quiere clausurar.

M.C.: –También si un artista necesita tener técnica para ser artista o si una idea o concepto es más que una cosa material.

–¿Establecen una crítica a la obra de arte como objeto mercantil?

G.D.: –Tal vez esté, pero de modo lateral. La película no hizo pie en la crítica a eso. Es solo uno de los aspectos pero no queríamos que se encasillara ahí, para no reducirla. Tratamos de tocar un tema más amplio que la crítica o el cinismo sobre el mundo del arte, que son fáciles porque hay muchos estereotipos muy expuestos y muy coloridos que daban para hacer humor o ironía. Tratamos de dejarlo de lado.
M.C.: –Algo importante también es que las pinturas que dibuja el personaje que interpreta Laiseca no se ven. Hay una cámara subjetiva donde el que se ve es el espectador de la obra. La crítica en Roma dijo que lo que está bueno de ese gag es que enfrentás al espectador de la obra con el de la película, como si hicieras un tajo en el cuadro.

–Teniendo en cuenta que no es un actor profesional, ¿cómo fue el trabajo con Laiseca? ¿Por qué pensaron en él?

G.D.: –Tanto Alberto Laiseca como Sergio Pángaro no son actores profesionales, pero de hecho son artistas y amigos nuestros desde hace mucho tiempo. Estaban perfectos para el rol, probamos mucho, siempre nos gustó cómo conformaban los personajes y, además, el hecho de no ser meros actores y ser también grandes artistas en sus rubros como la literatura y la música, podían aportar puntos de vista propios a las preguntas que formula la película. De hecho, el personaje de Laiseca en el guión era un viejito sumiso, débil, hacia adentro. Y él hizo un viejo que si bien no habla y está en silla de ruedas, es muy poderoso. Está como encarcelado, inconforme y con mucha densidad.

–¿Y el hecho de que el viejo Romano no hable fue para potenciar la expresividad de Laiseca?

G.D.: –Sí, nosotros hablamos con él y le dijimos: “Tenés la cara, los ojos, el bigote y las manos”.
M.C.: –Después hace un gran aporte a través de las coreografías de las manos cuando pinta. Este era un tema a resolver ya que como no mostrábamos la obra, había que definir de qué manera se plasmaba al tipo pintando. El trajo toda esa coreografía armada.

–El film no parece hacer mucho hincapié en el robo de las obras de arte. Es decir, no condena moralmente al enfermero...

M.C.: –Por más que hagas la lectura de si es robo o no, en ningún momento queríamos achicar la película a eso. Sí queríamos plantear un interrogante. De hecho, no se sabe si es artista o no, si es robo o si no.
G.D.: –Y de hecho cuando él se tiene que poner a dibujar por presión del galerista, ya que el viejo deja de hacerlo, copia dibujos de Romano y el curador le dice que son una porquería, que son rígidos. En cambio, el galerista le dice que están bárbaros. O sea, que logra filtrar una. Tal vez el personaje de Sergio, en principio, sienta culpa porque está usurpando un lugar y haciendo uso de la obra de otro, pero se instruye, conoce la obra de Duchamp y ahí empieza a entender que no solo es válido hoy el que sabe hacer algo con sus manos, sino quien lo pone en valor.
M.C.: –Es el hecho artístico por sobre la obra.
G.D.: –Y si uno analiza el caso de la película, ese viejito con sus dibujos tirados en el geriátrico no iba a ningún lado. El enfermero logró que la sociedad diga “este hombre es un artista”. Es el cincuenta por ciento de la obra.

–¿Buscaron trabajar un punto de ambigüedad en el personaje de Pángaro?

M.C.: –Sí. Por momentos es genio, y en otros, es tonto. Esa era la tarea difícil de Sergio. Por momentos, no se sabe si es un genio o no, como pasa con todos los artistas. Esa ambigüedad la intentamos trabajar y tuvimos que cuidarnos durante toda la película de que no se nos fuera.

–¿Cómo trasladarían la reflexión sobre la autoría a su propio campo, el cine?

G.D.: –Pasa que en las artes plásticas funciona mejor este tema porque hay mucho distanciamiento entre éstas y el público común. Nadie entiende una jota. De golpe, ves un objeto como una obra de arte y vale millones. Ves otro parecido en otro lugar y no vale nada. La lógica interna es incomprensible. En el cine eso no pasa ya que la gente se atreve a opinar, a descalificar. Pareciera que la gente sabe de eso. Todo el mundo tiene su director favorito. El mundo de las artes plásticas da mucha tela para cortar porque hay un abismo entre el profesionalismo y la gente que camina por la calle.

–¿Y cómo entienden ustedes la creación artística a partir del argumento de este film?

G.D.: –Hay una parte de la creación artística que me parece la más interesante: la que excede al propio artista, sea un consagrado o un chico que recién empieza copiando de los libros de arte de moda. Los artistas no controlan el cien por ciento de los significados de lo que hacen. Controlan una parte. Ellos piensan que es todo pero hay un montón de significados que se les cuelan. Eso hace interesantes a las obras, sean horribles o buenísimas. Esa parte es la que más me interesa: la que no manejan los artistas, la que no pueden controlar, la que es a pesar de ellos. De hecho, obras hechas desde la ignorancia y la chantada de copiarlas porque están de moda, tal vez dan cuenta mejor del mundo actual que una obra consumada y acabada. En el caso del cine, también me divierten mucho más las cuestiones no controladas por los directores que lo que ellos supuestamente controlan.

–¿Y qué preguntas se hicieron ustedes, en un principio, sobre el mundo del arte y que después buscaron plasmarlas en El artista?

G.D.: –Al momento de hacerla, nos preguntábamos: “¿Sería factible un caso así? ¿Un parco enfermero, un tipo embrutecido puede colarse en ese mundo snob y de las galerías?” Y a mí me parece que sí. En la película se interpreta que el enfermero, en vez de estar callado porque no tiene nada para decir, está callado porque tiene grandes reflexiones profundas que no dice.

Gastón señaló hace un tiempo que El artista es una mezcla de cine de autor y de cine narrativo. ¿Podría ampliar este concepto?

G.D.: –Cine narrativo es porque, en un punto, tiene una narración no abstracta, un cuento absolutamente convencional, una historia que puede seguir cualquier persona. No hay cosas encriptadas, no hay abstracción narrativa: lo que sucede, sucede de manera explícita. Ahora, la puesta en escena es de autor. O sea, es un guión convencional (para mi gusto buenísimo) pero con una puesta en escena que no corresponde a ese género. Eso lo hicimos adrede: se produce un híbrido que nos gusta muchísimo.
M.C.: –No tenés dónde ampliarlo, no tenés referencias para compararlo. Es un punto de partida nuevo.

viernes, 8 de mayo de 2009

La reacción

A los 17 años entré en la Federación Juvenil Comunista. Mi jefe de círculo era Fabián Polosecki, quien muchos años después crearía un programa llamado El otro lado, que sería, involuntariamente, parodiado por Gastón Pauls. La historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como parodia, decía Carlos Marx. Polosecki terminó tirándose debajo del tren que va para Tigre. Pero no es sólo esto lo que quería contar...

Una noche, Polosecki nos dio a todos los que formábamos parte de su grupo, el carnet del PC. Lo recuerdo perfectamente: era rojo, tenía la forma de una libreta de enrolamiento y decía en una de las primeras hojas: "No dejes que este carnet caiga en manos de la reacción". La reacción. Me guardé el carnet en el bolsillo y, mientras volvía en subte hacia mi casa -donde vivía con mis viejos-, me puse a pensar qué querría decir "la reacción". Conocía el verbo reaccionar. Podía decir que un equipo reaccionó a tiempo y le inclinó la cancha a otro. Pero algo me decía que no se trataba de eso. Una de esas noches, después de otra reunión de la Fede, volví a mi casa muy tarde y me encontré a mi viejo en mi pieza, sentado en mi cama, delante del póster de Invisible, con mi carnet rojo en la mano. El tipo estaba enojado y me quería matar. Me dijo que los militares nos podían liquidar a todos si se enteraban que alguien de la familia estaba en el PC. Y que la política era peligrosa. Así que mi viejo era la reacción. Más claro, echale agua: no dejes que este carnet caiga en manos de la reacción. Tarde.

Entre mis 17 y 20 años tuve serios enfrentamientos con mis viejos. En ese entonces mis ídolos eran los rockeros que escuchaba en un Winco blanco: Manal, Spinetta, Sui Generis, Los Gatos, Moris... De manera ingenua, asimilaba esa música con la revolución. Me vestía como se vestían los rockeros: vaqueros, sacos con pañuelos y remeras desteñidas, toppers negras. La frase de la canción de Dylan, que había traducido, reflejaba lo que yo pensaba: "Tengo mi cabeza llena de ideas y acá me obligan a lavar el piso, en la granja de Maggie no trabajo nunca más".

Cuando empecé a fumar porro, me tuve que ir del PC. Ningún revolucionario puede hacer la revolución si está tomando drogas, a menos que la revolución parezca venir en pasta negra, con Sargent Pepper o Blonde on Blonde. Hoy creo que siempre se ha intentado unir ciertas cosas que claramente son antagónicas. En ese momento, la pelea entre rockeros y chetos era notable y clara. O los mods y los rockers en Gran Bretaña. Pero después las cosas cambian y no todo es lo que parece. Conceptos tranquilizadores como derecha e izquierda, empiezan a mutar hasta volverse inservibles. Pero por ahora conservémoslos. Aunque la palabra reacción ha ido cambiando, como una luz de giro, hasta llegar a denominar a personas que jamás hubiera pensado como reaccionarias.

Hace poco leí una nota donde un crítico teorizaba que Bob Dylan -según lo infería de las Crónicas que el cantante acababa de publicar- era de derecha. Realmente no me sorprendió. La mayoría de los grandes artistas son de derecha. Mejor dicho, la derecha parece escribir (o pintar, o componer) mejor que la izquierda. T.S. Eliot, misógino, homosexual reprimido, monárquico, antisemita, escribió uno de los grandes poemas de todos los tiempos: The Waste Land. Ezra Pound terminó jugando a un tenis imaginario en su cárcel de Pisa para mantener el estado atlético. Y de paso escribía los increíbles Cantos Pisanos. ¿Qué hacía ahí? Estaba detenido acusado de traición a la patria, por apoyar a Mussolini. En la letra de Desolation Row, Dylan los hace pelear entre sí en la cubierta del Titanic.

James Joyce pensaba que la segunda guerra mundial era una mierda porque impedía la expansión de la influencia del Ulises. Francamente un artista es alguien en el que no se puede confiar. Su arte está por encima de todo y el cambio radical de una sociedad debe venir por el genio colectivo y no por la recalcitrante individualidad de esta gente. Sin embargo, cuando se vuelven seres sensibles, de izquierda, escriben bodrios como, por ejemplo, El Libro de Manuel, de Cortázar. El mejor Cortázar, sin duda, era el muchacho de derecha que se fue del país porque la casa estaba tomada por los parlantes que transmitían los discursos de Eva Perón. Acá el concepto de reacción se vuelve paradójico. La derecha expulsaba a la derecha. Pero hay una vuelta más. Muchos han querido ver a Arthur Rimbaud peleando en la comuna de París. Rimbaud, que escribió que "hay que cambiar la vida", y que propagó "el desorden de los sentidos", en realidad terminó como un autista, solo, en el desierto africano amarrocando oro para comprar nada. Pero su mensaje llegó, el desorden de los sentidos es el que pone en camino al personaje de Jack Kerouac en On The Road. Este libro iniciático lanzó a generaciones de jóvenes a las rutas del mundo. Ernesto Guevara hizo lo mismo, pero él, a diferencia de Kerouac y al igual que Buda, se dio cuenta de la miseria y el dolor y terminó tomando las armas. ¿Saben qué hubiera hecho Guevara ya convertido en comandante con alguien que le proponía el desorden de los sentidos? Lo hubiera fusilado. Lo mismo que hacen esos granjeros con los dos motociclistas de Busco mi destino.

Guevara -ícono de la imaginación al poder en el 68- escribió la contra cara de On The Road: Los diarios del Che en Bolivia. Una autobiografía kafkiana -y genial en términos literarios- de un hombre encerrado en un páramo estéril. Este libro es la distopía de la gloriosa juventud que se lanzó a cambiar el mundo. Este libro es mucho más contradictorio y antirrevolucionario -si lo vemos en términos pedagógicos de izquierda- que Paradiso, del Proust del Caribe. Por suerte, las obras de los artistas superan a los artistas, se vuelven impredecibles hasta para los mismos ejecutantes. En la repetición, regresan como una voz extranjera.

De todas formas, nos gusta vivir en el engaño. Creemos que el de un stone arrojando un televisor desde un balcón es un gesto de transgresión. Madonna nos parece una mujer que ha llegado para destruir todos los moldes conservadores. Nos parece que ella es la propia arquitecta de su guión personal. Pero en realidad sólo está representando un lugar común que no intranquiliza a nadie. Madonna es como Zoolander, un histérico obsesionado por cómo va a ser mirado.


La verdadera contracultura, o cómo se llame, que está sucediendo ahora mismo, es invisible. Cuando se hace visible, deja de existir. ¿Y qué voy a hacer con aquel póster de Invisible? Luis Alberto Spinetta (aquel pescado rabioso que escribió el famoso manifiesto rock duro música suicidada por la sociedad) que toca en la Casa Rosada (cuna del poder real) y en el Hotel Faena (cuna del poder virtual). Spinetta, uno de los músicos a los que podríamos llamar geniales, es, en realidad, un padre de familia glamoroso, que se considera "un dios", según lo dijo en un reciente reportaje. Tal vez esta disociación que nos obliga a hacer un músico o un escritor cuando lo escuchamos decir estupideces, podría servirnos para ver las cosas más claras. Impulsados por cierta ingenuo optimismo, hemos pensado que alguien que escribía "Los Libros de la buena memoria" tenía que ser un estadista preclaro a la hora de abrir la boca con, por ejemplo, el caso Cromañón. Pero el reciente reportaje a Spinetta en Página 12, no deja dudas: Spinetta es un pensador de derecha, mediocre, que, a la hora de componer, la rompe. ¿O es de izquierda? Cuando dice que: "Las masas van a ver ciertas bandas que responden al poder popular hirviente, con música sometida al hervor, caldeada por el hervor popular, que es como una especie de piquete inoperante de la expresión rockera", ¿qué está diciendo? La palabra piquete usada despectivamente -tan cara a los taxistas más fachos- está en boca de un artista notable. Lo cierto es que en la Casa Rosada y en el Hotel Faena, es imposible que alguien pierda la vida en un concierto de rock. Los muertos vivos, en cambio, parecen estar en el escenario.


Creo que se podría escribir mucho sobre el lugar que ocupan las piezas de los adolescentes en la arquitectura familiar. La pieza de mi primo, por ejemplo, era un lugar notable para mí. El era de la JP, era pintor y su pieza solía estar repleta de discos de los Beatles, Comics de Hugo Pratt y libros sobre Giacometti, Picasso y Pollock. También, en cierto momento, había bombas caseras. De alguna manera él era el vector que filtraba en mi casa paterna la efervescencia de los setenta. Con el tiempo, fue perseguido y golpeado, tanto por sus "Compañeros", como por la dictadura. Walter Benjamin contaba que los hombres que habían visto el horror de la guerra, volvían silenciosos porque no tenían nada para contar, habían perdido la experiencia. Mi primo, que pensaba que estaba cerca de la revolución, tuvo que perder.y se volvió un ser silencioso, un Rain Man. Y abandonó el arte y la política, por igual. Alguien le hizo Scratch a su vida y después de eso el disco ya no corrió igual. Algo similar le pasa al Motociclista de Rumble Fish, ese extraordinario poema de Francis Ford Coppola. A pesar de que Rusty James -su hermano- vive pendiente de él y le exige que vuelva a comandar las pandillas, éste se niega y se muestra desencantado con su pasado. "La droga mató a las pandillas", le dice. Y le agrega: "Para llevar gente hacia algún lado, primero hay que saber adónde ir". Y el motociclista es un poeta en estado terminal: cansado de las respuestas, ahora parece moverse en estado de pregunta. Esa incertidumbre tan difícil de soportar. Los que saben a dónde ir, no dudan.


Los que tienen que gobernar, no se pueden permitir el lujo de no saber qué hacer. Gran parte de las obras que me interesan están infectadas por el riesgo y la incertidumbre. Su hermano, que no ha logrado construir su propia individualidad y vive pendiente de lo que hizo El Motociclista en el pasado, se parece mucho a ese público estéril que vive esclavizado por el humor del artista. Para que el hermano resucite, El Motociclista se tiene que sacrificar. En este punto, volvamos a Spinetta. "Me parece que la gente no sabe respetar a sus dioses", dijo el músico en la mentada entrevista. Los dioses a los que aludía, claro, eran él y el parnaso rockero local. Si sólo tenemos vidas que intentan durar en el sentido más literal. Vidas suburbanas, insulares, fustigadas por la publicidad, por lo que se debe decir y vestir y sin una pisca de originalidad, estamos condenados, entonces, a vivir el fantasma de los demás: es decir, a construirnos sólo en lo que nos reflejan Spinetta, Maradona y otros célebres. Porque el mundo está parcelado en determinados campeonatos que siempre ganan otros. ¿Quién habrá inventado toda esta mierda? Me viene a la mente , ahora, ese momento de la película La caída, cuando una mujer muy joven se tira encima de Hitler y le dice: "Por favor, Führer, no nos deje caer, sin usted no somos nada. Díganos qué tenemos que hacer".

La gente mira televisión mientras prepara la cena de la noche y espera que alguien le diga qué es lo que tiene que hacer. Los primeros cazadores humanos vivían presionados por la obligatoria vigilia a la que lo sometía la presencia de los grandes depredadores. Esto no ha cambiado. Un par de tiros que se escuchen en la noche, y todos caemos en mano de la reacción.

por fabian casas

lunes, 4 de mayo de 2009

JIM

Hace muchos años tuve un amigo que se llamaba Jim y desde entonces nunca he vuelto a ver a un norteamericano más triste. Desesperados he visto muchos. Tristes, como Jim, ninguno. Una vez se marchó a Perú, en un viaje que debía durar más de seis meses, pero al cabo de poco tiempo volví a verlo. ¿En qué consiste la poesía, Jim? le preguntaban los niños mendigos de México. Jim los escuchaba mirando las nubes y luego se ponía a vomitar. Léxico, elocuencia, búsqueda de la verdad. Epifanía. Como cuando se te aparece la Virgen. En Centroamérica lo asaltaron varias veces, lo que resultaba extraordinario para alguien que había sido marine y antiguo combatiente en Vietnam. No más peleas, decía Jim. Ahora soy poeta y busco lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes. ¿Tú crees que existen palabras comunes y corrientes? Yo creo que sí, decía Jim. Su mujer era una poeta chicana que amenazaba, cada cierto tiempo, con abandonarlo. Me mostró una foto de ella. No era particularmente bonita. Su rostro expresaba sufrimiento y debajo del sufrimiento asomaba la rabia. La imaginé en un apartamento de San Francisco o en una casa de Los Ángeles, con las ventanas cerradas y las cortinas abiertas, sentada a la mesa, comiendo trocitos de pan de molde y un plato de sopa verde. Por lo visto a Jim le gustaban las morenas, las mujeres secretas de la historia, decía sin dar mayores explicaciones. A mí, por el contrario, me gustaban las rubias. Una vez lo vi contemplando a los tragafuegos de las calles del DF. Lo vi de espaldas y no lo saludé, pero evidentemente era Jim. El pelo mal cortado, la camisa blanca y sucia, la espalda cargada como si aún sintiera el peso de la mochila. El cuello rojo, un cuello que evocaba, de alguna manera, un linchamiento en el campo, un campo en blanco y negro, sin anuncios ni luces de estaciones de gasolina, un campo tal como es o como debería ser el campo: baldíos sin solución de continuidad, habitaciones de ladrillo o blindadas de donde hemos escapado y que esperan nuestro regreso. Jim tenía las manos en los bolsillos. El tragafuegos agitaba su antorcha y se reía de forma feroz. Su rostro, ennegrecido, decía que podía tener 35 años o 15. No llevaba camisa y una cicatriz vertical le subía desde el ombligo hasta el pecho. Cada cierto tiempo se llenaba la boca de líquido inflamable y luego escupía una larga culebra de fuego. La gente lo miraba, apreciaba su arte y seguía su camino, menos Jim, que permanecía en el borde de la acera, inmóvil, como si esperara algo más del tragafuegos, una décima señal después de haber descifrado las nueve de rigor, o como si en el rostro tiznado hubiera descubierto el rostro de un antiguo amigo o de alguien que había matado. Durante un buen rato lo estuve mirando. Yo entonces tenía 18 o 19 años y creía que era inmortal. Si hubiera sabido que no lo era, habría dado media vuelta y me hubiera alejado de allí. Pasado un tiempo me cansé de mirar la espalda de Jim y los visajes del tragafuegos. Lo cierto es que me acerqué y lo llamé. Jim pareció no oírme. Al girarse observé que tenía la cara mojada de sudor. Parecía afiebrado y le costó reconocerme: me saludó con un movimiento de cabeza y luego siguió mirando al tragafuegos. Cuando me puse a su lado me di cuenta de que estaba llorando. Probablemente también tenía fiebre. Asimismo descubrí, con menos asombro con el que ahora lo escribo, que el tragafuegos estaba trabajando exclusivamente para él, como si todos los demás transeúntes de aquella esquina del DF no existiéramos. Las llamaradas, en ocasiones, iban a morir a menos de un metro de donde estábamos. ¿Qué quieres, le dije, que te asen en la calle? Una broma tonta, dicha sin pensar, pero de golpe me di cuenta de que eso, precisamente, esperaba Jim. “Chingado, hechizado”, era el estribillo, creo recordar, de una canción de moda aquel año en algunos hoyos funkis. Chingado y hechizado parecía Jim. El embrujo de México lo había atrapado y ahora miraba directamente a la cara a sus fantasmas. Vámonos de aquí, le dije. También le pregunté si estaba drogado, si se sentía mal. Dijo que no con la cabeza. El tragafuegos nos miró. Luego, con los carrillos hinchados, como Eolo, el dios del viento, se acercó a nosotros. Supe, en una fracción de segundo, que no era precisamente viento lo que nos iba a caer encima. Vámonos, dije, y de un golpe lo despegué del funesto borde de la acera. Nos perdimos calle abajo, en dirección a Reforma, y al poco rato nos separamos. Jim no abrió la boca en todo el tiempo. Nunca más lo volví a ver.

((cuento póstumo de Roberto Bolaño))

"El odio es una pistola fría" por Enrique Symns

Hasta en el pentagrama frívolo del aroma a plano se está jugando la última batalla. Todas las charlas en los bares y las casas, todos los proyectos conversan los términos de la rendición: la guerra ha terminado.
Ha llegado la paz tan deseada por los comerciantes: el triunfo de la democracia asesina que mata con una invisible crueldad, crueldad más siniestra que la de los militares. En la tarjeta que el obrero marca a las seis de la mañana en la fábrica de filtros mecánicos para autos está ya dibujado el símbolo del Cuarto Reich, el implacable sueño de ordenar el mundo, la siniestra mente que somete a sus designios, la azarosa tirada de dados que la vida inventa. El orden es el intento del tiempo por matar la eternidad.
Desnudo, el plan nos dice con todo descaro: no hay más que esto. Todos los fantasmas de todas las miles de guerras y matanzas, de todas las luchas contra la esclavitud hoy brindan en las páginas de los diarios; aliviados, los bisnietos de los fantasmas lamen sus cadenas, porque ahora podrán tener sus cuatro paredes para cuidarse del cáncer.
Habrá ahora palabras de más sazonando un plato vacío. Una tela de ojos y la araña tejiendo en su miedo dormido. Tendrás esas luchas intestinas en la quietud: esa angustia que tanto te gusta, ese sufrimiento que inventás para no sentir el dolor del mundo que muerde, esa tristeza que te hace tan humano. Hay insectos nuevos: crecen en la desidia de la atención, anidan en ese laberinto mullido, casi shopping, que conecta el cariño con la dosis, la cama con el bar, todo el ruido que hacés con la boca para ocultar el silencio de tus actos.
El virus engramará sus mandatos en tu sinapsis.
En estos lugares que habito, ¿a qué jugaremos? La peste de la literatura, la música de la cárcel, las artes del consuelo. No habrá mal de amores sino amores del bien, como los locos de manicomio: un puré de rutinas para seguir moviendo las fichas de un juego perdido.
No son hombres aquellos que pueden imaginarse el mundo que viven. Ellos han vivido en un mundo imaginado y nada les duele y nada les goza. Odio ese futuro de plazoleta en donde los niños correrán en motos de video; odio al enemigo y acepto este destino. Seremos tragados para envenenarles el plan de sus siembras.
Estaremos en el corazón de todos los terremotos, en el cuchillo envenenado de todos los virus, vomitando junto a la furia de los volcanes. Resistiremos.
Brindo por esto: sobre la tumba del mundo escupirá uno de nosotros.

Enrique Symns - "Invitación al abismo"

domingo, 14 de diciembre de 2008

Cuatro!


Cine Club 9 Reinas
Inés Cavanagh
Magalu
Sebastian Mc Loughlin
Proyecto Sr. Hope
Ber and The Incredible Fishing Band
Facu Cavanagh
Hernán Morales
Maestro Nicolas Zingaretti
Juego de la música
Anita Cavanagh
Melisa Cortez
Jam de Escritores de La Carlota
Dany Truant
Gonzalo Sosa
La caja mágica
La participación estelar de Quique Menditegui y las Quiquitas
Y más y más y más y más...

lunes, 1 de septiembre de 2008

The Dead Latinos

The Dead Latinos es una novela de rock & roll ficción escrita por el Sr Flavio (bajista de Los Fabulosos Cadillacs),publicada por Zona de Obras y en venta en Musimundo.
Presentación oficial del libro: viernes 5 de sept a las 15:00hs en el marco de la Feria Internacional de la Música (BAFIM),Centro Municipal de Exposiciones, Av Figueroa Alcorta y Pueyrredón.

martes, 19 de agosto de 2008

jueves, 7 de agosto de 2008

Roberto Bolaño ((extracto))

Consejos sobre el arte de escribir cuentos del gran escritor chileno.-

Como ya tengo 44 años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos.

1) Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.

2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.

3) Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.

4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.

5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.

6) Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.

7) Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!

8) Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.

9) La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.

10) Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.

11) Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.

12) Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.

Noviembre de 2001.

Roberto Bolaño 1953- 2003

lunes, 23 de junio de 2008

Los “extras” menos pensados


EXCLUSIVO: FOGWILL, HORACIO GONZALEZ, LAISECA Y LEON FERRARI, AHORA ACTORES DE CINE.


En el rodaje de la película El artista, de Mariano Cohn y Gastón Duprat, los tres escritores y el artista plástico pasaron delante de cámaras para representar a un grupo de viejos en un geriátrico, embotados frente a un televisor.


Por Julián Gorodischer
Los ancianos más curiosos del Hogar Rawson se asoman al rodaje con ansiedad por saber si “llegaron nuevos internos”. Pero se trata de una escena de ficción, que transcurre en una sala de usos múltiples, donde debutan como actores Fogwill, León Ferrari y Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, luego de que la producción de la película El artista (de Mariano Cohn y Gastón Duprat) los convocara para hacer de viejos frente a una pantalla de televisión. Para Alberto Laiseca, protagonista del film junto al cantante Sergio Pángaro, es una rentrée, porque asegura que “todo escritor es un actor, ya que en caso contrario sus personajes no tomarían vida propia y hablarían con una única voz”.
Con una destreza que no es propia de los primerizos y la docilidad para dejarse guiar que no suele caracterizar al consagrado, León Ferrari acepta el convite por su amistad con el guionista y también actor de la película, Andrés Duprat (además, director nacional de Artes Visuales) y por lo que considera una oportuna narración crítica sobre el mundo de las artes plásticas.


toda la nota en: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-9840-2008-04-20.html

Ordenes - Eduardo Galeano




2 x 1 de este gran escritor y pensador rioplatense.

Eduardo Galeano - Pájaros Prohibidos

sábado, 7 de junio de 2008

Fogwill en Hemisferio Derecho



(Perdón por Majul)

Marcelo Birmajer "Las mujeres hermosas son como países petroleros"

Por Agustín J Valle - Publicado en Debate, Junio 2007

Marcelo Birmajer es uno de los más prolíficos escritores argentinos, con “al menos treinta” libros publicados, como dice, en menos de veinte años, y traducciones a nueve idiomas, aunque él aclara que “la cuantía no dice nada, no asegura calidad ni habla de un desprecio por ella. Yo vivo de escribir y además no sé hacer ninguna otra cosa, entonces produzco todo el tiempo”. Ha colaborado en más de cincuenta medios gráficos de habla hispana desde que comenzó en la revista Fierro, donde conoció al escritor Pablo de Santis, gracias a quien se acercó a la literatura para niños y adolescentes en la que tuvo gran éxito: su libro Un crimen secundario vendió, asegura, más de cien mil ejemplares.Su flamante novela, Historia de una mujer, distribuida por Seix Barral, es para adultos, público para el que se permite levemente más digresiones y reflexiones que en la llaneza de las ficciones para chicos, aunque siempre se piensa como un contador de historias de fogón. Nuevamente más inmerso en la temática de los vínculos amorosos y sexuales de nuestra sociedad, Birmajer escribió sobre Isabel Mansalvi, “la Cleopatra argentina”, una mujer esclava de su belleza inmune al paso del tiempo alrededor de quien los hombres llegan a las más insólitas acciones. Siempre cuidando la diversión del lector, la trama sucede intrigas y volteretas desopilantes de humor sarcástico. “Hace mucho que no sentía tanta libertad al escribir”, explicó el autor.

¿La novela tiene cierto trabajo de ingeniería en el armado del suspenso? Y a medida que avanza usted se va soltando, ¿no?

Yo nunca dejo nada al azar en las novelas, cada piolín que tiro tiene que llevar a una madeja concreta, así que eso hay que reviso mucho, todo tiene que coincidir, no puede haber errores de filiación de los personajes, épocas, y sobre todo de trama. Cada acción tiene que respetar la coherencia integral de la historia.Creo que es una novela desaforada. Como pocas veces en los últimos años en mi producción sentí esa palabra tan peligrosa que es libertad. La libertad puede conducir a la escritura automática, a un relato onírico, que para un escritor como yo, respetuoso de la estructura y que pretende ser tradicional, de pronto es un impulso que tiene sus riesgos. Pero lo disfruté, no me puse ninguna traba salvo mantener la linealidad y la coherencia interna de la historia, pero con exageraciones, con grotesco, con un costumbrismo falsificado, porque uso expresiones típicas de los porteños aunque no es una novela coloquial, es una novela más fantástica que realista a pesar de que no hay ningún dato demasiado fuera de lo común. La libertad fue no buscarle significado completo o conclusiones únicas a las cosas que se me iban ocurriendo.

En la novela impera el humor a veces de fondo y a veces abierto, pero también aparece una cara solemne, ¿cómo lo regula?

Sí, hay momentos melodramáticos. Sobre todo en torno al personaje del niño. Es cierto que el tono salta como una púa sobre un disco, pero es el mismo disco. La verdad es que este libro no me lo explico, ni por qué lo escribí ni por qué voy siempre en la cornisa entre realismo, la seriedad y la ironía. Que no es exactamente ironía; más bien sarcasmo, cinismo.

¿De qué figuras se ríe en esta novela?

Me río de todos, salvo del chico, de él no me puedo reír. De todos los demás me río; me río de Isabel, aunque mientras escribía la humillé mucho más que lo que salió publicado, me iba imaginando cosas más terribles con ella. Pero yo ya escribí historias pornográficas, para mi libro Eso no, y en otros textos míos aparece el sexo, y no me resultaba del todo atinado, me pareció que quedaba desajustado. El sexo concita demasiada atención, aparta al lector de la trama. Me parece peligroso el sexo en mi literatura. Es como la lucha armada: si vas a matar a alguien tenés que estar muy seguro del resultado previamente. Con el sexo lo mismo: si lo voy a poner tengo que estar muy seguro de lo que va a pasar. Yo a Isabel nunca la entrego. Pero volviendo a la pregunta, sí, me río de todos los personajes, que es un poco reírse de la condición humana; me río de mí mismo.

¿Se puede interpretar que Isabel a la vez víctima y a la vez causante de sufrimientos masculinos por doquier?

Es que ese es el sentido de la belleza, tiene una fisiología frágil; la belleza es por definición frágil. Yo no creo en la belleza masculina, creo que el hombre tiene otros atractivos, vinculados con la capacidad de mando, con el poder, por eso hay hombres mayores con mucho poder o gran capacidad de seducción que conquistan mujeres jóvenes y no sucede al revés. La belleza es intrínsecamente frágil, pero tiene un poder destructivo. Es como el vidrio: fácil de romper, pero puede matar. La fragilidad no es debilidad. Y eso lo comparten todos los seres humanos. Por otro lado, la amenaza de la propia desaparición tiene un impacto en el otro por muy poderoso que sea, y cuando una mujer bella dice “yo me puedo matar”, como Isabel en un momento, es la amenaza de perderla para siempre, y no hay con qué evitarla.La belleza, especialmente en los argentinos, provoca dos afanes muy fuertes: el afán de posesión y el afán de destrucción. La mayoría de los hombres de a pie de la calle que uno ve, ante una mujer hermosa, lo que les surge es el impulso de lastimarla, hacerle sentir el poder, los comentarios frente a las vedettes son siempre agresivos: te quiero romper, te quiero matar, te hago mierda. No veo nada de condenable en eso, en tanto no se materialice un daño. Ahora bien, tampoco intenta mi novela ser una radiografía ni tener valor sociológico, pero sí algunos paralelos, observaciones superficiales sobre las relaciones entre hombres y mujeres. Hay muchas mujeres asesinadas en Argentina, y el cincuenta por ciento son muertas por sus maridos, amantes o novios. Ahí hay algo muy raro. Isabel en un momento asume internamente que se dejará golpear por su marido siempre y cuando sea con la mano abierta y no la haga sangrar; es el punto patético, porque a la vez tiene una completa incapacidad para decidir por qué está con ese hombre.

Ella no decide nada en toda la historia, o casi nada.

Yo creo que es como un país petrolero: sus dotes, sus dones, la hicieron incapaz de desarrollar cualquier otro recurso, especialmente el de la voluntad.

¿Qué anhela producir en sus lectores, qué efectos quiere de su literatura?

Creo que la literatura es inútil, pero que un libro tiene que ser útil. Tiene que ser un libro que se pueda entender. Tiene que ser un libro que te puedas llevar a la playa. Que te puedas sentar a leer. Y yo creo que la utilidad del libro es por un lado el conocimiento (que es la única riqueza que nadie te puede quitar), y por otro lado darle sentido a la vida. El sentido de la vida tal vez es comprensible, pero no explicable. Se puede sentir en una trama, pero no es inteligible y es muy difícil de transmitir. Creo que ahí también hay algo de por qué uno escribe: para darle sentido a la propia vida y, como único metalenguaje que puedo pensar, darle al otro ganas de vivir. Para mí la literatura perdurable surge de la discreción, no de los grandes enunciados vanguardistas. A mí me parece que del surrealismo quedó muy poco, mientras que de los textos clásicos sigue quedando lo que el surrealismo se proponía. El poder de los sueños está en los relatos tradicionales, y de la declamación de los sueños no queda nada. Todo cambia, menos las vanguardias.

miércoles, 28 de mayo de 2008

ASESINATO DEL ROCK por Pablo Dacal

El rock ya no nos representa sino en parte, como el tango y la música romántica. Algo de nosotros puede ser dicho en sus términos, pero son géneros que representaron la experiencia de generaciones pasadas, no la nuestra.

El rock, al integrarse en todas las escalas del sistema de vida imperante, muere como canal de ideas nuevas y ocupa el lugar de la crítica dentro de la estructura del poder. Es otra oferta del discurso oficial, y atacarlo desde el Estado es parte del juego dialéctico. Creer que aún guarda algún poder de transformación es ingenuo y conservador.

El rock es antropofágico, y al ocupar socialmente el rol de música juvenil no permite ser desplazado. Quien tenga ideas nuevas deberá ser ingerido o pasar a la clandestinidad.

El rock, como todo género envejecido, añora su vitalidad original y vive enamorado de su pasado. Se expresa en el gesto de su juventud triunfante a través de la mirada pop. Creer que lo hace a través de la sexualidad o la violencia es falso: todos los géneros expresaron su propia sexualidad y violencia.

A través del pop hablan los arquetipos de la sociedad espectacular, utilizando ciertos géneros del siglo pasado, como el rock o el cine.

El mercado del rock oculta a la novedad proponiéndose como lo siempre nuevo. Decir que ya todo está realizado es parte de su truco: lo que ha sido hecho es solo lo que ha sucedido, lo nuevo esta por hacerse y no tiene nombre.

Te sedan con sexo, drogas, rock y tecnología.

Géneros como el rock pueden ser interpelados, disfrutados e incluso desarrollados mediante la tradición, pero el placer o el desarrollo de una tradición no tienen que ver con la construcción de ideas nuevas.

No se trata de fusionar o poner en tensión géneros y estéticas del pasado, si no de utilizarlos como herramientas para que aflore nuestra sensibilidad. Las rítmicas, los colores, el sonido, la armonía y la estructura compositiva que conocemos son instrumentos que una nueva idea puede requerir, o no.

Las vanguardias realizan una lectura pretendidamente novedosa sobre los géneros e ideas instituidas en un momento determinado. Los movimientos genéricos, en cambio, surgen tras una verdadera ruptura con lo establecido y dejan el dibujo de una nueva moral, pudiendo o no generar moda.

Para encontrar lo nuevo hay que atreverse a no formar parte de la sociedad artística imperante. Si no hay sitios donde mostrar ni medios que nos comuniquen, deberemos inventarlos. Hacer sin dudarlo, como un acto de fé.

En la reacción que la obra genera está el norte de nuestro movimiento: solo hay que saber oírla.

Una nueva sensibilidad no encuentra la manera de expresarse física y espiritualmente con facilidad.

La canción y la historieta son las formas narrativas de nuestro tiempo, cargan con la herencia secreta de la poesía y la tragedia, y continuarán existiendo cuando todo estalle.

El mundo tal cuál lo conocemos vivirá probablemente mucho menos de un siglo. Nuestra música, al igual que nuestra vida, debe dejar de relacionarse con temporalidades ficticias como el futuro o el pasado para enfrentar lo actual en toda su crudeza.

Cantamos nuestro idioma y vivimos nuestro sitio.

No nos alcanza el tiempo.

martes, 27 de mayo de 2008

El Conde Laisek



Noche ideal para un cuento de "El Conde" Alberto Laiseca

lunes, 12 de mayo de 2008

Entrevista a Fogwill


“Tengo caca de pájaros en todo el techo del auto, hace varios días. Si se seca del todo se endurece, se pega, y al sacarlo te arranca la pintura. Como mañana me voy a Francia (donde presentan una compilación casi completa de mis cuentos), tengo que llevarlo al lavadero hoy. Así que me acompañás, lo dejamos ahí y nos buscamos un bar callado para charlar, que éste es un barullo.”

Fogwill me lleva la ventaja de tener un plan inamovible.

El coche, efectivamente sucio, tiene varios años, pestillos manuales y dirección mecánica; es “de escritor”, como dirá luego. El estilo brusco del vehículo encuentra coherencia en el manejo del conductor, quien desestaciona sin reparo por los autos lindantes.

Fogwill ya me había contado que se iba a Europa, en los mails que intercambiamos. Tuvo un error de tipeo que resultó en hallazgo poético: “Encantado de hacer la entrevista, el problema es el tiempo: estoy en Chile por trabajo, vuelvo el jueves y el lunes salgo nuevamente, por la maldita literatura, para España y rancia”. Me daba su número en Buenos Aires y agregaba: “Mientras tanto me ubicás en un celular chileno, a dos mangos el minuto, ¿valdré tanto?”.El celular. Ahora se lo olvidó: “Mirá, pasamos por el hotel, a buscar mi teléfono, y vamos al lavadero. Hoy, domingo, el único abierto en este lado de la Capital está en Corrientes y Yatay”.¿Hotel?

“Sí, viste, me separé hace unos meses. Bah, mi mujer me echó, y no puedo pagar dos luz, dos gas, dos banda ancha, dos todo; estoy en un hotel.”

La segunda vez que nos encontramos, para continuar la conversación, Fogwill acababa de instalarse en un departamento palermitano, ex morada de Adrián Dárgelos, quien, dicho sea de paso, cita al autor en “Putita” (Infame) aquella “piel donde roza la bambula” que se describe en La experiencia sensible, novela publicada en 2001. “Adrián es un lector amigo”, explica Fogwill.Pero ahora –en el ahora de esta nota–, de camino al lavadero, Fogwill estaciona frente a una puerta de madera como de conventillo, donde entra dejando tras de sí la puerta del auto abierta. Así queda, mientras lo espero.

Además de sucio por fuera, el coche por dentro es un caos. Lo primero que se me ocurre es ponerme a buscar canutos. Fogwill mismo me dio la idea, con el Pichi, protagonista de Vivir afuera (novela de 1998 que apostó a captar la esencia de la década del 90), quien deja porros ocultos por la ciudad para días después recogerlos y consumirlos. Pero además uno tiene una imagen de Fogwill nadando en excesos, imagen construida por él mismo (se cansó de decir cuánto se drogó) en colaboración con las distintas capas que rodean el ambiente y la práctica literaria. Mato la espera, pues, buscando. Sin embargo, bajo las alfombras de goma, en los bolsillos de los asientos y los recovecos de las puertas hay mil cosas, pero nada de tanto valor.Por fin sale Fogwill, canchero. Está de vuelta, Fogwill. Hasta es trillado decir que está de vuelta, y él lo sabe. ¿Funcionará la literatura con rebote en la meta, como el ludo; un éxito demasiado solidificado restará interés frente a los pares?

De nuevo camino al lavadero, maneja inclinado más cerca del volante que del respaldo, como escudriñando el empedrado. Me pregunta si sé cuál es Yatay. Le doy mis referencias de ubicación e instrucciones para llegar, pero me interrumpe diciendo: “No, el mejor camino es tal y cual”, porque resulta que él en los 80 trabajaba en la escuela ort de Yatay, único lugar argentino donde tenían unas máquinas de cómputo que este sociólogo nacido en 1941 utilizaba en estudios de mercado. Repitiendo laa actitud me dijo en otro momento: “En situaciones de prensa no se puede hablar de literatura”.El único lavadero abierto, por supuesto, está lleno. Rebasa: hacemos cola de autos sobre Corrientes. Fogwill divide su atención entre avanzar los metros que a cada ratito quedan libres y mirar el tránsito, que zumba veloz a nuestro lado. No estamos, obviamente, cara a cara. Y el tiempo pasa.“Dale, che, empecemos, porque parece que no va a haber café después”, dice.“¡¿Acá?!”Balbuceo alguna pregunta, medio mala, que se hace mala del todo en el silencio insolente de mi interlocutor, ocupado en otros estímulos: “Un, dos, un, dos, un, dos”, relata el vaivén de un par de tetas que pasa por la vereda.Los autos que van por Corriente casi nos rozan; los golpes de aire mueven el auto como un bote en el agua. Los nervios comienzan a ganarme. Me aferro a las preguntas preparadas con buenas horas de lectura y reflexión; pero la muletilla de Fogwill es empezar las respuestas diciendo, y cito textual: “No, no, no sé, no sé, no”.

Incómodo bajo el cinturón de seguridad, repaso cada detalle que me llamó la atención al investigar.–César Aira, cuando conoció sus cuentos, en 1982, dijo que no eran cuentos sino viñetas…–No, no, yo escribo, loco, no tengo problema con los géneros. Aparte Aira, en aquella época, estaba muy cerca de mí, y entonces me leía y escuchaba mi voz, y pensaba que todo lo que contaba yo, lo había vivido; él, que no tenía una vida, viste, era un, qué se yo, un muchacho. Salió de la pensión del Opus Dei donde vivía para casarse.–¿Eso genera diferencias a la hora de escribir, la experiencia de vida?–No, no sé, no sé. Aira tiene un gran conocimiento de..., de todo.Era un amague. Esperando sobre el asfalto en el auto encendido, Fogwill recién calienta los motores para el petardeo. Y yo cada vez más extraviado. A lo seguro:–¿Qué va a publicar próximamente?–Sin apuro saldrá mi obra completa hasta 2006, pero antes, en noviembre, un libro de poemas que posiblemente se llame Gente muy fea, porque habla del mundo urbano de la ciudad de Buenos Aires. En el mismo mes publicaré con Interzona una novela que hasta ahora se llama La introducción (de la que aparecieron anticipos en España en Revista de Occidente) y también acordamos la gradual publicación de mis novelas agotadas y no distribuidas en el país.–¿Novela sobre qué?–¿Qué querés que te diga? Sobre mí. No, mejor, sobre el mundo. Poné que es sobre el mundo.–¿Por qué sigue con una editorial chica como Interzona [ya hizo la nouvelle Runa y la quinta edición de Los Pichiciegos]?”–Las grandes editoriales son el camino más rápido a la mesa de saldo. De sus libros buenos venden cuatrocientos, y encima casi todos son malos. Pero de golpe les ofrecen tres o cuatro mil mangos a pibes que están en la lona y agarran; van a la mesa de saldo al par de meses y así es como los desgastan.–Salvo si uno está consagrado…–No, no: salvo si uno es una máquina de hacerse propaganda, como soy yo.–¿Eso le viene de su carrera como publicista? [Fogwill, asesor de marketing, fue responsable de los horóscopos Bazooka e inventó nada menos que el eslogan “El sabor del encuentro”.]–No, no. Es la personalidad. Hay grandes escritores que en la cancha pueden ser virulentos peleadores y después en la literatura tienen miedo. ¿Pero de qué? ¿De fracasar? Si ser escritor ya es fracasar. ¿Qué peor te puede pasar? ¿Cuál sería el éxito de un escritor? ¿Ganar el premio nacional, 1.500 mangos por mes? ¿La jubilación de un sargento?La fila avanza finalmente. Subimos el cordón, atravesamos la vereda e ingresamos en el lavadero. Noticia: es uno de esos en los que hay que quedarse en el auto mientras lentamente atraviesa el túnel de lavado.“¡Eh, hay que cerrar todo, no se puede joder acá!”, advierte Fogwill.Olas de espuma caen repentinamente sobre nosotros. Cubren el auto, convertido en una cápsula ciega desde donde escuchamos toda clase de ruidos: rodillos, mangueras a presión y máquinas desconocidas operando en la cinta transportadora. El bochinche fordista es total. Fogwill y yo nos encontramos riendo.–Entonces, ¿qué me decías? –pregunta.–Eehh, no sé, es una situación bastante extraña...“Dale, dale, dale”, me alienta; pero resuelve hacerse cargo directamente: deja una mano en el volante y con la otra toma el grabador. Para neutralizar el ruido, le habla al micrófono, y como mira al frente, yo casi sobro.“Ser escritor es fracasar en la vida. Casi todos terminan mendigueando la beca, el pequeño premio. Una mina para casarse quiere un tipo que tenga no esta mierda [y golpea el volante], sino de Volkswagen Gol para arriba, y que pueda comprar departamentos; y los escritores no pueden, terminan, de viejitos, en el mejor de los casos, ganando luca y media por mes del premio nacional, el que es profesor a lo sumo otra luca, y si los editores les pagan dos libros por año son diez lucas, o sea 3.300 pesos por mes, y con eso no se paga ni el seguro de uno de esos autos.”De golpe mi puerta se abre –¡¡fusshh!!– y, de no ser por un reflejo salido del puro susto, una especie de astronauta me rociaba los pies con un liquido arrojado a toda presión.–¡Ahora te sacan a vos y te lavan! –dice Fogwill.–Uf, si logro armar una nota sumergido entre todo esto…–Je, je. Sí, impresionante, la próxima vez traigo a los chicos [sus hijos], se van a cagar de risa acá. Eso sí, unas ganas de mear da esto... Vengo de tomarme dos tés, y esto inevitablemente te da ganas de mear.Como si estuviera escrito, cuando finalmente el túnel nos escupe limpios y salimos a la luz, la primera pared que vemos tiene bien grande pintado: “Baños”. El va sin perder tiempo. En eso me encara un lavandero: “¿Falta aspirar éste?”, pregunta ya manoteando para abrir el baúl. Justo llega el dueño. “¡No, che, el baúl no, que ahí tengo la droga!” Fogwill, que tiene libros y no droga en su baúl, es también un cantor. Llena los silencios de la conversación entonando vocales que da gusto: un show. Pero incluso al hablar su voz es magnética, y noto que, lenta pero sólidamente, los empleados del lugar nos rodean (cinco o seis, petisos, morochos). Intento retomar la conversación.–¿Entonces el arte ocupa necesariamente un segundo lugar?–Tenés escritores como [Ricardo] Piglia, que una vez declaró no haber tenido hijos para dedicarse de lleno a la literatura –relata Fogwill frente a su nutrido y atento auditorio–. ¡Qué horror! Cuando escuché eso yo tenía cuatro hijos (ahora cinco), y me imaginaba un tipo usando forro todas las noches para que después no venga un chico a molestarlo cuando está en la computadora, y luego chupándole la concha a su mujer con gusto a goma. ¡Qué horror!
Los lavanderos y yo estallamos. Fogwill lame la miel de este efímero pero rotundo éxito narrativo.“¿Cuánta propina dejan los tacheros? Bueno, yo voy a dejar el doble, pero acuérdense, y que se enteren los tacheros.”Me pregunta: “¿Tu grabador no es digital, no? Qué lastima, estaría para tenerlo en MP3, es una historia muy linda”.–¿Usted piensa la escritura desde las historias?–No, pienso desde las frases; escribo una y después se me ocurre una historia para completarla.–¿Se acuerda de las primeras frases de sus textos?–Claro, la primera frase de Los Pichiciegos era “Hoy mamá hundió un barco”. Siempre estudié textos de memoria, pero además, en la cárcel [estuvo preso durante la dictadura, bajo el cargo de defraudación] el juez no permitía que me llegara papel, ni libros, entonces recitaba e intentaba escribir de memoria; por supuesto que cuando el capellán del bunker de Caseros me autorizó cuaderno y lápiz, olvidé todo lo que había compuesto. Y Muchacha punk empieza: “En diciembre de 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir hice el amor es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres …”.Mis muertos punk, libro en que está incluido el cuento de la muchacha ídem, fue la primera publicación en prosa de Rodolfo Enrique Fogwill, en 1979 (años después empezó a firmar sólo con el apellido, “como Platón”). En 1980 Muchacha punk ganó un premio patrocinado por la gaseosa más famosa; entonces dejó su carrera de publicista y comenzó la literaria, aunque ya había publicado en 1978 los poemas de El efecto de la realidad. A diferencia de congéneres escritores como Juan José Saer, César Aira o el propio Piglia, Fogwill irrumpió bien de adulto en la escena literaria nacional.Puede decirse que Fogwill es un escritor nacional; pero dicho esto no consintiendo la apropiación patriótica de todo lo que acontezca entre Ushuaia y La Quiaca; ni siquiera porque sus temáticas lo confinen a la agenda del país. Más que pertenecer, a lo largo de su obra en prosa, la pluma de Fogwill estuvo a la caza de lo argentino, persiguiéndolo, buscando dar cuenta de eso que, como el tiempo, todos sabemos que existe pero nadie podría definir.
Sobre Los Pichiciegos (que transcurre mayormente en una cueva malvinense improvisada por desertores del ejército), por ejemplo, dice: “Pretendía ser un trabajo hacia el habla argentina. Pero no sé si lo logró. Ya en esa época para mí la nación no era más que la lengua. En los 80 yo decía que podría escribir de nuevo Pichiciegos sin Guerra de las Malvinas: no era una novela sobre la guerra”.
El registro del devenir local de una lengua (o de la facultad misma del lenguaje) no clava al autor ni a la obra al lugar de origen; más bien otorga valor transcultural: editado en varios países iberoamericanos, Fogwill fue traducido al francés, alemán, croata y chino mandarín. Además, según dice, “los fucking british publicaron Pichiciegos con el título de mala leche Malvinas Requiem. Pero pagaron bien”.Mediante su cuantiosa obra de cuentos, novela y poesía, y su intensa (aunque intermitente) labor de polemista cáustico en los debates culturales, Fogwill desarrolló un culto a su personalidad y se hizo una parcela en la zona mejor valuada de la literatura vernácula. Por ejemplo, la nada menos que quinta edición de su novela de 1982 perdió por sólo dos votos en la encuesta por el libro más importante de 2006 que organizó entre escritores y críticos el suplemento cultural del diario Perfil. Ganaron las 723 páginas de Donde yo no estaba con que se despachó Marcelo Cohen. Cuando iban empatados, y a sabiendas de ello, Rodolfo Enrique votó por su colega.“¿Cómo afecta la consagración las motivaciones que lo impulsan a escribir?”, le pregunto en el auto ya limpio, que avanza quién sabe a dónde, mientras ansío que la “linda historia” recién compartida lo haga más dócil a este hombre.“Voy sabiéndolo mejor. No tengo ya demasiado interés en que aquello de lo que me convenzo sea verdadero o falso, ya no tengo que ganar discusiones ni concursos en la facultad.”–¿Pero cuáles son las motivaciones?–Escribir para mí es pensar. Es cierto, aunque sea pensar sobre la frase (y no sé si hay maneras de pensar fuera de una frase). Y escribo para no ser escrito, para no ser narrado por el discurso social que circula y tengo que repetir. Y ahora siento que a medida que voy escribiendo, que sale un libro nuevo, o que tengo un texto nuevo satisfactorio (porque los libros no me importan una mierda, acá todos hablan de los libros y nadie de los textos), siento que obtengo una victoria, porque no es algo que me mandaron. A mí me haría muy feliz ganar un premio grande, como el Cervantes, de 250 mil euros, sería muy feliz. Pero si yo pudiera hacer un libro bueno, pero un libro bueno-bueno, como El discurso vacío, de Mario Levrero, sería más feliz. Tan feliz como si hubiera ganado un premio, aunque claro, estaría mal porque estaría deprimido, sin plata. Porque muy lindo el prestigio, pero ¿dónde está la plata, loco?–¿Qué es lo que más le importa, ahora?–Trabajar, escribir y criar a mis hijos, que es lo que más me divierte en la vida. Yo ya soy viejo. Pero no creo que llegue el momento en que no tenga que mantener hijos, porque la capacidad de procrear no depende de la intensidad de las erecciones. Y si no, adoptaré o me compraré uno de algún modo. Me gustan los pibes, educarlos, divertirlos, hacerlos felices. Que sean radicalmente distintos de mí.

Luego de esa frase que desmiente, al menos en parte, su vanidad, Fogwill estaciona frente a la puertita de madera del hotel, a una considerable distancia del cordón.“¿Sabés? El otro día salí del hotel y me fui en auto, y cuando volví estacioné en el mismo lugar donde estaba antes. Al bajar encontré, junto al cordón –¡no lo podía creer!– mi mp4.”–¿?–Sí. Es como un mp3 pero que también pasa videos. Pero yo lo uso para audio, sobre todo escucho poesía. Grabé cuatro horas de poesía acá adentro –me muestra el diminuto aparatejo, que tiene un cordón con el que ahora se lo pasa por el cuello.En este punto, Fogwill me dice: “Che, mirá, mi solución es así: tengo tiempo hasta las siete, pero quiero tomar unos mates. ¿Subís? Te voy a convidar uno o dos”. Está por meter la llave en la cerradura cuando alguien abre desde adentro, un tipo joven que al vernos sonríe de movida: el dueño del lugar. Mi compañero cumple con esas ganas de risa, y le explica, señalándome: “El va a estar un rato nomás; es un travesti, cogemos y se va”.El hotel, que como muchos funciona más bien como pensión, tiene una arquitectura desquiciada. Es medio cerrado, medio al aire libre, y está plagado de escaleritas irregulares y pasillos torcidos; subimos, bajamos y doblamos tantas veces que, cuando Fogwill se detiene frente a una puerta de chapa, ya no sé hacia dónde queda la calle. La pieza es de dos por tres, y tan desordenada como una habitación de película que ha sido saqueada. Estira un poco la frazada de la cama de una plaza. “Acá tenés lugar para sentarte, tenés tu living…”En medio del caos, resplandece, como perla en un barrial, una laptop divina, que Fogwill no demora en encender. Parado en medio del cuarto –o sea, a un paso de todo–, señala cosas dispersas: “Chocolate, galletitas, ¿querés un pedazo de pollo?”. Apunta al lavamanos del baño, cuyo contenido es también bastante original (casi anómalo), y lo ofrece: “¿Uvas?”.Dentro de su palacio minúsculo, la imagen pública belicosa cede al educado anfitrión. “No, gracias, comí una zanahoria grande antes de venir.” “Lo bien que hacés”, dice mientras saca un frasco ámbar de medicamentos. “Mirá, yo tomo esto. Pastillas de caroteno. Lo necesito y no tengo tiempo de comer zanahorias.”Parece que se cuida, Fogwill. Lo que no me deja del todo tranquilo son las lastimaduras en los antebrazos, simétricas, casi rituales: negros moretones con sendas costras de sangre coagulada y supurante. Rodolfo Enrique Fogwill lleva su brazo diestro a la boca y bebe ruidosamente de su oscura sangre.–¿Herida nueva?–No, viste, son los andariveles. Estoy haciendo mariposa, en la pileta, y con la brazada golpeo las cuerdas.Nada todos los días, y hace gimnasia. En cualquier caso, la solidez de su obra, así como tolera los excesos de su conducta, también sobrevive, campante y fecunda, a la refutación de su imagen mítica.Sentado y con un mate se me ocurre por fin una pregunta de verdad:–Si escribe para no ser narrado por el discurso social, que supongo acordaremos reduce el sentido de las cosas a su productividad monetaria…–Sí, sí, sí…–… y al mismo tiempo la recompensa que más espera de la escritura es la plata: ¿no está hilvanando el acto liberador según la lógica opresiva?–Por supuesto, por supuesto.–¿Y? ¿Eso no es una derrota?–No sé. Me parece que es un fenómeno contemporáneo. Balzac utilizaba el apremio económico como estímulo para escribir, pero en la actualidad el apremio económico es también un apremio institucional, toda una cosa muy compleja, que te impide, viste, impide. Lo que más impide es el poder editorial, que obliga a escribir cosas legibles. Los buenos libros son ilegibles; Los Pichiciegos, al salir, era casi ilegible. Las faltas sintácticas de los personajes fueron censuradas en La Nación diciendo que se notaba que la novela fue escrita muy rápido. Algunas cosas eran demasiado obvias en ese momento, como la derrota argentina. Pero otras cosas eran impensables, como el retorno democrático, anunciado en la novela. A la semana de haberla escrito, la llevé a varias editoriales. Durán, dueño de la editorial española Legasa, que editaba a [Jorge] Asís, me dijo que la editaba instantáneamente, desafiando el poder de los milicos, si yo le agregaba un acto heroico por parte de los pichis, heroico por la patria. Y los de Galerna me ofrecieron cualquier plata para pedalearme, mientras mandaban un tipo a hacer entrevistas que desembocaron en el libro Los chicos de la guerra, con el que se llenaron de plata. Como si un pibe de 18 años que tiene que matar fuera un chico, ¡por dios! Llamarlos chicos, y poner a las asociaciones de psicólogos al servicio de “curarlos” fue una maniobra para desmalvinizar a la Argentina. Los estigmatizaron de arranque, por eso la tasa de suicidios es mayor que entre los leucémicos y sidosos terminales.Para escribir Los Pichiciegos, Fogwill declaró haber usado su conocimiento del frío (solía navegar por los mares del sur), de la colimba y de los pibes. Pero la sustancia que regula todas las acciones a lo largo de la novela es el miedo. “Yo viví años con miedo, loco. Está bien que era un miedo anestesiado, pero era miedo al fin. Yo había sido trotskista, y una vez los milicos tuvieron secuestrado durante meses a un tipo que vivía un piso debajo mío, pensando que era yo. En los últimos años de mi carrera empresaria yo vivía con miedo, me mangueaban de todos lados, me buscó la cana durante un mes. Cuando caí preso se me pasaron todos los miedos. En la cárcel fui el tipo más libre del mundo.”

Fogwill acaricia su laptop con los ojos y putea por no tener internet en el hotel. “Tengo que conectarme. Si me acompañás al cíber, después te acerco a tu casa.”

Vamos al cíber.

Mira la pantalla echando levemente la cabeza hacia atrás, para ver a través de sus anteojitos de leer, apoyados en medio del puente nasal. “El correo lo abro mucho; te digo, yo sigo el correo por las peleas y por la guita. Hace poco mantuve un conflicto en Chile con varios escritores, periodistas, qué se yo, porque me negué a firmar apoyando a una escritora para el premio nacional, y me acusan de machista todas las feministas y las tortilleras, y de querer llamar la atención.”–¿Por qué se trenza en esas trifulcas? ¿Le resultan un espacio de pensamiento?–Sí, con la tensión, la urgencia, se me ocurren ideas.–¿O sea que no es sólo propagandismo sino también una forma de estimular la producción?–Sí, aprendí un montón de cosas.–Sus contrincantes le sirven, entonces. ¿Los quiere?–Sí, la verdad que sí, es gente buena. Salvo a Quintín, a quien no le guardo cariño, aunque sí lo respeto como escritor.–¿Considera que lo dicho en reportajes es parte de la obra, una actividad literaria?–Sí, por supuesto. Es una actividad ficcional; si la ficción pertenece a la literatura, es literaria. Para un escritor creo que todo es parte de la obra. También la elaboración de su imagen pública.


Agustín J Valle

Publicado en Rolling Stone, Junio 2007


(Rodolfo Enrique siempre la rompe en las entrevistas)

martes, 15 de abril de 2008

Jam de escritura


El jam de escritura es un concepto diferente en eventos literarios, el planteo central es la improvisación de la escritura en vivo. El autor, muestra el momento único de creación que fue siempre vedado para el público, que ahora también es público-lector. Este momento de interacción performático desarrolla el concepto del aquí-ahora, con la necesidad de tecnología, pero que rompe con la individualidad de la web, los blogs y las nuevas formas de comunicación. Creando un tipo de mixtura única.

La música siempre es elegida por el autor y será interpretada por DJ TEEM o un músico, periodista o amigo invitado.


Miércoles 16 de Abril, 22hs.:

Hernán Vanoli: autor del cuento Los príncipes en el libro In Fraganti y Editor de la editorial Tamarisco.
Oliverio Coelho: publicó en el 2000, con solo 23 años , la novela Tierra de vigilia, La victima y los sueños -2002- Los invertebrales -2003- Borneo -2004- Promesas naturales -2006- y su última novela Ida- 2008-.


Miércoles 21 de Mayo, 22hs:

Pedro Mairal: Una noche con Sabrina Love -1998- Premio Clarín. Hoy temprano -2001-. Publicó dos libros de poesía: Tigre como los pájaros y Consumidor final. El año del desierto -2005- y Salvatierra -2008-.
Samantha Schweblin: ganó la Antología de Cuentos del Fondo Nacional de las Artes y del Premio Haroldo Conti 2001. Su primer libro El núcleo del disturbio ganó el premio Planeta de cuentos y acaba de ganar el premio casa de las Américas 2007.

Podestá Club de Copas. Armenia 1740 (Bs As).

Entrada gratuita.